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Por daño neurológico.

Particularmente los lóbulos frontales, actúan sobre la regulación de las emociones, la motivación, la excitación sexual, el control y la consciencia de sí mismo.

 

Cuando el cerebro se daña la persona puede perder ese control que todos hemos aprendido (disminuye la inhibición).

 

El daño puede producir una exageración de los rasgos de la persona y de los problemas existentes antes de la lesión.

 

Por ejemplo si en la persona predominaban rasgos de impaciencia, irritabilidad o de agresividad, pueden exacerbarse.

 

Por estrés de adaptación.

Adaptarse a los cambios que están experimentando puede resultar estresan­te. Pueden haber sentimientos de frustración al darse cuenta de que ya no se puede hacer lo que se hacía antes (trabajar, viajar solo, hacer deporte, etc.).

 

La persona tiene que adaptarse a las “pérdidas” que va teniendo y esto puede traer sufrimiento emocional.

Si esta situación “supera” la capacidad de respuesta de la persona ésta puede negar y/o evitar los problemas o desplazar la responsabilidad a otros (familia, rehabilitadores, etc.).

En situaciones de estrés y dolor emocional es más fácil enfadar­nos, irritarnos, sentirnos ansiosos, tristes, etc.

 

Por el ambiente.

-Nivel físico (vivienda, localidad, servicios de rehabilitación, etc.).

-Nivel social (familia, amigos, asociaciones, vecinos, etc.).

 

Si la persona se encuentra en un entorno donde es poco comprendido, la comunicación es escasa y existe un clima emocional negativo (poco cariño, cercanía, amor…) su comportamiento puede empeorar.

Si la actitud es excesivamente exigente, devaluadora, poco reforzante o sobreprotectora se pueden mantener o incrementar los comportamientos desadaptativos.

 

Mostrar comunicación y empatía a la persona enferma siempre va a ayudarnos a afrontar de la mejor manera las situaciones difíciles.